La cuarta línea se sitúa en la vecindad del soberano y asume la grave carga de La preponderancia de lo grande.
Morar en la blandura denota la capacidad de valerse de la suavidad para complementarse: al no pecar de rigidez, logra sobrellevar su tarea, cual viga que se arquea erguida hacia lo alto; de ahí la buena fortuna. La firmeza erguida se opone a combarse hacia abajo.
En la época de La preponderancia de lo grande, si no interviene la solidez del yang, nada puede salvarse; habitar la firmeza en un lugar suave resulta sumamente oportuno.
Mas si vuelve a enlazarse con el yin del Seis al comienzo, incurrirá en exceso: hallándose ya en el debido equilibrio de firmeza y suavidad, si su ánimo se distrae en ligarse al yin, surge «otro designio».
Abrigando otro designio, se perjudica la firmeza; y aunque no alcance un daño mayor, bien resulta deplorable y mezquino.
En tiempos del gran exceso, cualquier movimiento tiende a desbordarse: «tener otro propósito» significa concebir miras ajenas; «humillación» entraña insuficiencia y reproche.
Se dirá: «Si la segunda línea mantiene Adyacencia con la primera nada hay que no sea propicio; mas si la cuarta responde a la primera deviene humillación, ¿por qué?».
Se responde: la segunda obtiene el centro y su cercanía a la primera responde a la complementación por la suavidad; la cuarta y la primera mantienen correspondencia formal y sus anhelos quedan trabados.
Habiendo hallado el Nueve en el cuarto lugar el equilibrio de firmeza y suavidad, si vuelve a enredarse con el yin menoscabando su propia entereza, el hecho es a todas luces mezquino.