El trueno y el relámpago llegan juntos para componer la figura de la Abundancia; la claridad y el movimiento se asisten recíprocamente para consumar su vía.
Sin luz nada se ilumina; sin movimiento nada se emprende; se precisan mutuamente como el cuerpo y su sombra, se complementan como el haz y el envés.
El Nueve al comienzo es el inicio de la claridad; el Nueve en el cuarto lugar es el principio del movimiento: conviene que se auxilien para perfeccionar su función.
Por ello, aun siendo pares de igual condición, se corresponden; sus puestos se complementan y sus obras se sustentan.
Así, el comienzo llama al cuatro su «señor afín», aquel con quien se desposa: consorte es ciertamente un par, mas entraña un acercamiento, como cuando se dice emparejarse con el cielo o hacer de consorte a un noble varón.
De ahí que la primera línea llame al cuatro su consorte, y la cuarta línea llame a la primera su igual. «Aunque sean iguales, no hay tacha»: Xun es igualdad.
Aquellos que se corresponden en el mundo no suelen ser de fuerzas idénticas, como el yin que responde al yang, lo flexible que sigue a lo firme o el inferior que se apega al superior; si fuesen contendientes de igual vigor, ¿cómo se avendrían a seguirse?
Solo en el inicio y el cuarto de la Abundancia sus utilidades se auxilian y su correspondencia se consuma; por ello, aunque ambos sean trazos yang de fuerzas iguales, se acompañan sin incurrir en falta.
Sin lucidez la acción carece de rumbo; sin acción la luz carece de fruto: se sustentan para engendrar la obra.
Si van en la misma barca, los pueblos más distantes forjan un solo corazón; ante un peligro común, antiguos rivales aúnan sus empeños: tal es la fuerza de las circunstancias.
Avanzar y seguirse permite consumar la abundancia, de ahí que se diga: «habrá encomio», pues es digno de elogio. En cualquier otro hexagrama no cederían el uno ante el otro y nacería la discordia.