El camino del reposo placentero, si se desborda, pierde la rectitud; por ello la mayoría de las líneas de El entusiasmo no obtienen la rectitud, al coincidir su temple con la época.
Solo el seis en el segundo puesto mora en el centro y la rectitud y carece de correspondencia externa, lo que da la imagen de quien se custodia a sí mismo.
En tiempo de El entusiasmo, ser el único capaz de preservarse en el justo medio y la rectitud es ciertamente un proceder eminente y singular: su entereza es tan firme como la roca. «Firme como una roca»: su firmeza es semejante a la piedra.
El común de los hombres, ante el júbilo y la diversión, se complace en su interior y se demora indeciso, hasta quedar cautivo en el apego sin poder detenerse.
El dos se preserva en la rectitud central, su firmeza es como la roca y se aparta con presteza sin esperar a que acabe el día; por ello su perseverancia es recta y venturosa. Al hallarse en El entusiasmo no cabe acomodarse en la permanencia: de prolongarse, uno se hunde.
Alguien como el dos bien puede llamarse quien percibe los indicios y actúa al punto. Confucio, a propósito de la percepción de los indicios en el dos, ponderó al máximo el camino de conocer los gérmenes de las cosas diciendo: «¡Conocer los indicios es ciertamente divino!
El noble, en su trato con los superiores, no adula; en su trato con los inferiores, no falta al respeto: ¿acaso no conoce los indicios? El indicio es el despuntar sutil del movimiento, la primera señal visible de la ventura.
El noble percibe el indicio y actúa sin aguardar a que concluya el día. El Libro de los Cambios dice: Firme como una roca. No aguarda al término del día. La perseverancia trae ventura. Firme como la roca: ¿por qué habría de precisar un día entero?
El discernimiento es claro y manifiesto. El noble conoce lo sutil y conoce lo manifiesto, conoce lo blando y conoce lo duro: es la esperanza de diez mil hombres». Quien vislumbra los gérmenes sutiles de los sucesos, ¡cuán portentoso y admirable es!
Que el noble al tratar a los superiores no caiga en la adulación y al tratar a los inferiores no caiga en la ofensa irrespetuosa se debe precisamente a que conoce los gérmenes.
Si no conociera los indicios incurriría en el exceso sin freno: al tratar al superior con sumisión, si se excede cae en la adulación; al tratar al inferior con afabilidad, si se excede cae en el abuso de confianza.
El noble percibe lo imperceptible en su inicio, por lo que no incurre en demasía. Lo que llamamos germen o indicio es la sutileza inicial del movimiento, el asomo incipiente de la ventura y el infortunio, perceptible antes de manifestarse a las claras.
Si solo se habla de ventura es porque, al advertirlo con anticipación, ¿cómo habría de llegar a haber infortunio?
El noble es lúcido y sabio: percibe los indicios sutiles de los hechos y por ende su entereza es como la roca; siendo su custodia inquebrantable, no sufre engaño y mantiene la claridad; al ver el germen actúa: ¿cómo habría de esperar a que termine el día?
Discernir es distinguir con nitidez; la distinción es patente. Lo sutil y lo patente, lo suave y lo firme son opuestos que se corresponden: al ver lo sutil el noble ya conoce lo manifiesto, al ver lo blando ya conoce lo recio.
Quien conoce los indicios de este modo es venerado por todos; por eso se le alaba diciendo: «la esperanza de diez mil hombres».