El tercer lugar, por su debilidad yin y por no ser central ni correcto, incurre en falsedad; abrigando además el deseo de responder a la cima, persigue un anhelo que también constituye artificio: dentro de la senda de la inocencia, esto deviene calamidad y perjuicio.
Las acciones descarriadas del hombre nacen siempre del deseo egoísta: cuando se obtiene algo por medios torcidos, inevitablemente sobrevendrá una pérdida.
Aunque parezca obtener provecho, al haberse movido con falsedad la pérdida sufrida es ya enorme, ¡cuánto más al verse acompañado de infortunio y remordimiento! El sabio comprende que la ganancia obtenida con falsedad lleva aparejada una pérdida proporcional.
Por ello, basándose en la imagen de extravío del Seis en el tercer lugar, el sabio esclarece este principio diciendo: «Desgracia inocente: alguien ata un buey; la ganancia del caminante es la calamidad de la aldea».
Da a entender que el desvío de la tercera línea engendra una calamidad ajena a toda falta premeditada. Imaginemos que se obtiene algo: la pérdida sobrevendrá al instante.
Como quien ata un buey ajeno: el caminante que se lo lleva cree haber tenido una ganancia, mas para el aldeano que perdió su res esto constituye una calamidad.
Y si el aldeano atara un caballo, la pérdida del caballo por el caminante sería asimismo una calamidad: con esto se explica que donde hay ganancia hay pérdida, sin que ello baste para llamarse verdadero provecho.
El caminante y el aldeano son solo figuras para ilustrar que la ganancia y la pérdida se acompañan mutuamente, sin aludir a personas concretas.
La bendición lograda por medios torcidos atrae de inmediato el desastre; la ganancia obtenida con artificio engendra una pérdida de igual magnitud: en verdad no puede tenerse por ganancia alguna. Si el hombre comprende esta verdad, se abstendrá de actuar con engaño.