«Palabras sonrientes: ¡ja, ja!, pues después habrá pautas firmes». La conmoción encierra de por sí el principio del éxito, no derivado meramente de la configuración de los trazos.
Si ante la llegada de la conmoción uno sabe temer, disciplinarse y conducirse con cautela, logrará transformar el peligro en bendición y ventura. «Palabras sonrientes: ¡ja, ja!» describe una actitud serena y dueña de sí.
Puesto que supo sobrecogerse de temor, adopta luego normas y pautas firmes para gobernarse; al contar con normas, permanece en paz y libre de espanto: esta es la vía para conducirse en La conmoción.
«El trueno aterroriza a cien millas a la redonda, sobrecoge a los lejanos e infunde temor a los cercanos». El estruendo del trueno se propaga a cien millas: a los distantes los sobrecoge y a los cercanos los llena de pavor, dando a entender cuán vasta y profunda es su majestad.
«Cuando el señor sale, puede quedarse a custodiar el templo ancestral y los altares del Estado para actuar como oficiante principal del sacrificio». Al texto del Juicio (Tuán) le falta la frase «no deja caer la cuchara ni el licor sacrificial».
El oráculo del hexagrama dice «no deja caer la cuchara ni el licor sacrificial», lo cual aludía originalmente al colmo de la sinceridad y la devoción, donde ni la majestad más pavorosa lograba turbar el dominio de sí.
El Juicio interpreta que al primogénito le corresponde proceder de esta suerte, y sirviéndose del pasaje anterior explica el conjunto recurriendo al deber del hijo mayor: alude a que, gracias a su devota reverencia, es capaz de no dejar caer la cuchara ni el licor; por tanto, cuando el soberano sale en expedición, el heredero puede quedarse a custodiar el templo ancestral y los altares del Estado como oficiante supremo del rito.
Sólo cuando el primogénito es capaz de obrar así, puede salvaguardar los sacrificios a lo largo de las generaciones y continuar la estirpe del Estado.