El nueve en el cuarto lugar, en tiempos de división, habita en un puesto que no le brinda sosiego: sin correspondencia y apresado entre dos líneas yin, es alguien que sufre soledad y aislamiento en medio de la desavenencia.
Con virtud firme y yang en momentos de discordia, desamparado y sin aliados, procurará forzosamente la unión buscando a los de su misma especie; por eso encuentra al varón cabal. El yang recibe el apelativo de «cabal», que significa supremo bien.
El nueve al comienzo, hallándose en el inicio de la oposición, logra aunarse con los de idéntica virtud disipando el pesar de la desunión: es quien obra con bondad consumada en medio del desencuentro; por eso se le califica de «varón cabal», semejante a decir varón virtuoso y excelente.
La cuarta línea, en cambio, ha rebasado el centro, sufriendo una desavenencia mucho más aguda: no posee la virtud del trazo inicial.
Tanto el cuatro como el trazo inicial son yang situados en la parte inferior de sendos trigramas, en puestos que guardan relación mutua; en tiempos de desunión, careciendo cada uno de auxilio formal, se atraen por naturaleza al compartir la misma virtud: de allí su encuentro.
Cuando quienes comparten la misma virtud se encuentran, es imperioso que se traten con pureza de corazón: «confiando recíprocamente» expresa que cada cual abriga fe sincera.
Si los dos yang, arriba y abajo, se aúnan con sinceridad absoluta, ¿qué empresa no podrán poner por obra y qué peligro no lograrán sortear? Por eso, aun habitando en peligroso trance, quedan libres de falta.
En tiempos de discordia, hallarse solo entre dos líneas yin ocupando una posición que no le corresponde acarrea peligro y culpa; mas por toparse con el varón cabal y confiar mutuamente, logra quedar sin falta.