En el seis al comienzo de Méng se hablaba del insensato, y la línea se enfocaba en disipar la insensatez; en el Nueve al comienzo de Yí se recurre asimismo a una alusión externa: «tú» se refiere al comienzo mismo.
Abandonas tu tortuga mágica y me contemplas dejando caer tus quijadas; el «mí» se opone al «tú». Quien hace que al comienzo se le caiga la baba es el cuatro; no obstante, no es el cuatro quien pronuncia estas palabras: se trata de una fórmula figurada.
Nueve posee sustancia yang firme y luminosa; su capacidad e inteligencia bastarían para cultivar la rectitud y podría alimentarse de su propio aliento sin comer. La tortuga alude a su sabia clarividencia que le permite no mendigar sustento exterior.
Con todo y poseer tal dote, como línea yang en cuerpo movedizo y en tiempos de nutrición, anhela nutrirse como cualquier mortal: responde arriba al cuatro y es incapaz de contenerse; su ambición pugna por subir, seducido por lo que apetece y babeando de deseo.
Conmovido el corazón, la pérdida de sí es inevitable: cegado por el apetito y extraviándose a sí mismo, siendo yang se subordina al yin; ¿a qué bajeza no descenderá? De ahí el infortunio.
«Dejar caer las quijadas» alude al movimiento de las mandíbulas, pues cuando el hombre divisa manjares y los codicia, mueve la boca y se le cae la baba: de ahí que se tome por imagen. La Imagen dice: «Me miras dejando caer las quijadas: tampoco es digno de aprecio».
El nueve es cuerpo movedizo; dejar caer las quijadas denota que se deleita en el yin y agita su voluntad. Habiéndose dejado turbar por el deseo, aunque ostente dotes vigorosas y preclaras, terminará extraviándose a sí mismo; por ello su talento «tampoco es digno de aprecio».
Lo que ennoblece la firmeza humana es la capacidad de mantenerse erguido sin doblegarse ante la concupiscencia; lo que ennoblece la lucidez es alumbrar sin desviarse de la rectitud.
Mas si queda prendado de los apetitos y pierde su rectitud, ¿dónde quedan su firmeza y clarividencia? Se convierte en algo despreciable.